El lenguaje de la moda en la arqueología romana

 

Por Juliet Elizabeth Eichorn

Vicus Caprarius

Traducción del original en lengua inglesa

Con cascos de protección, botas resistentes y ropa de trabajo cubierta de polvo, los arqueólogos no suelen asociarse con el mundo de la moda. Sin embargo, a la hora de fechar los hallazgos arqueológicos, la moda constituye a menudo una herramienta fundamental. El estudio del vestido y de los peinados en la Antigüedad, especialmente aquellos difundidos por la corte imperial, permite establecer la cronología de esculturas y retratos.

En el área arqueológica del Vicus Caprarius se expone una cabeza femenina con cabello largo y ondulado recogido en la nuca. Este peinado recuerda claramente al popularizado por Faustina la Menor, esposa del emperador Marco Aurelio desde el año 145 d.C.

Cabeza femenina – Foto: Francesco Rotondo © Vicus Caprarius – Todos los derechos reservados

Frente a su madre, que prefería complejas trenzas elevadas formando un moño plano o cónico, Faustina optó por un estilo más sobrio: cabello peinado hacia atrás, con raya central, recogido en un moño bajo de trenzas, cuyas puntas se introducían en el centro del mismo.
Dado que cada emperatriz buscaba diferenciar su imagen de la de su predecesora, esta cabeza puede fecharse en la época de la dinastía antonina, iniciada con Antonino Pío en el año 138 d.C. y concluida con la muerte de Cómodo en el 192 d.C. Este método de datación se vuelve más complejo a partir del siglo IV, cuando la difusión del cristianismo llevó a las mujeres a cubrirse la cabeza incluso en el ámbito doméstico.

Cabeza femenina – Foto: Francesco Rotondo © Vicus Caprarius – Todos los derechos reservados

Otra escultura del Vicus Caprarius representa a un joven con una abundante cabellera rizada. Mientras que las mujeres experimentaban con pelucas y tintes, los peinados masculinos en la antigua Roma dependían en gran medida de la naturaleza. Tal vez por ello los retratos oficiales de Augusto lo muestran siempre joven hasta su muerte, a los setenta y seis años.
Aunque la datación de los peinados masculinos resulta más difícil, se sabe que los hombres romanos imitaban el aspecto del emperador, especialmente en lo relativo al vello facial. Como el joven representado, los romanos permanecieron generalmente afeitados hasta la llegada al poder del emperador Adriano en el año 117 d.C. Otros detalles estilísticos, como el tratamiento de las pupilas, permiten situar la escultura en la tardía época adrianea o en la primera fase antonina. El rostro podría corresponder a una figura ideal o mitológica, como Alejandro Helios, Mitra, Meleagro o los Dióscuros.

Cabeza de joven (Alejandro Helios?) – Foto: Francesco Rotondo © Vicus Caprarius – Todos los derechos reservados

También se conserva en el yacimiento el torso de una figura femenina, sin cabeza ni manos. En este caso, el elemento clave es el himation, un amplio paño rectangular conocido también como pallium, utilizado como manto y característico del atuendo formal romano. La túnica interior, hoy perdida, habría proporcionado datos cronológicos más precisos, ya que su forma y longitud variaban con mayor rapidez. No obstante, las mujeres romanas respetables rara vez se representaban sin manto, y el arte antiguo privilegia la indumentaria ceremonial. Un drapeado de este tamaño sugiere una datación hacia finales del siglo II d.C.

Torso de figura femenina – Foto: Francesco Rotondo © Vicus Caprarius – Todos los derechos reservados

Los pliegues del tejido parecen prolongarse más allá de las manos ausentes, lo que podría indicar una representación funeraria. Además, la coleta aún visible en el torso recuerda a un peinado utilizado por Sabina, esposa de Adriano, a comienzos del siglo II. Este aparente anacronismo no resulta problemático: las mujeres podían conservar un peinado más allá de su momento de moda, especialmente si era considerado favorecedor. Asimismo, para figuras situadas fuera del tiempo histórico –como divinidades o difuntos– los escultores recurrían a una indumentaria atemporal, en lugar de seguir las últimas tendencias.

Y surge entonces la pregunta: ¿qué dicen nuestra ropa y nuestros peinados sobre el siglo XXI?